Tengo un amigo que se llama Max

Hoy nuestro entrañable Ricardo nos narra cómo conoció a su mejor amigo peludo Max. Descubre esta hermosa historia en el Rincón de Ricardo.

Nos conocimos hace unos años, en el transcurso de un viaje a la paradisíaca isla de Ibiza, en Baleares.

Él residía entonces plácidamente en Can Medori, una espléndida finca ubicada a unos 15 kilómetros de la ciudad, junto a Juan José Medori Brissio, mi querido hijo quien fue que nos presentó. «Papi, éste es Max», el movimiento pendular de su pomposa cola y el brillo de sus tiernos ojitos negros al mirarme, junto con un dulce ‘guauuuu’, me anticiparon que seríamos a partir de ese momento muy buenos amigos.

Y así fue, transcurrieron los días durante los cuales se fue intensificando la mutua atracción, me seguía donde yo estuviera, alternando sus períodos de descanso entre la habitación de Juanjo y la mía, siempre fiel y dócil a los pies del lecho. Salíamos juntos a pasear por las carreteras cercanas a Can Medori, lugares que yo disfrutaba por la belleza del paisaje con sus grandes bosques de pinos, arboledas variadas y coloridos arbustos mientras él trotaba contento delante de mí. La brisa fresca por las mañanas y el permanente canto de los pájaros extasiaban  mi caminar por esos bellos rincones que hoy, a la distancia, añoro con profunda nostalgia.

ricardo y max

Pero una de esas mañanas, la alegría de mi caminata junto al amigo Max se trocó casi en desconsuelo, y casi casi en tragedia: un desaprensivo e irreflexivo conductor de un coche (recuerdo sólo que era blanco), dobló intempestivamente una curva por la que transitábamos y golpeó a Max en su flanco derecho. ¡Oh dolor! Buen susto con Max quejándose del dolor y arrastrándose hacia la banquina de esa carretera interna de la que nunca me voy a olvidar.

Era un sábado, jornada de absoluto descanso y silencio para el dueño de casa en Can Medori ¿qué hacer? Solo yo, en medio de esa verde y sonora soledad, entré a desesperar. No podía abandonar a Max que gruñía y se quejaba, pero tampoco tenía yo celular en esos momentos como para comunicarme. Recuerdo que desde una casa cercana me alcanzaron un recipiente con agua para que Max bebiera, justo atinó entonces a pasar por allí otro viandante en bicicleta, lo detuve y le di las señas de la dirección de casa, que por suerte no estaba muy lejos.

Juanjo llegó al rato en su coche muy compungido y preocupado por lo que nos podía haber pasado a ambos, cargó en sus brazos al dolorido can, lo acostó en la parte trasera del coche y retornamos a Can Medori.

«Cuando me propuso mi hijo llevarme a Max a Rosario, me dio un vuelco al corazón»

Felizmente todo pasó, luego de varios días en los que Max no se movía de entre los arbustos del jardín. Calmantes recetados por la veterinaria a la que acudió de inmediato Juanjo y tras una consulta en la que se verificó no había fractura, se acomodó la parte golpeada en su lugar, previa anestesia, Max volvió a ser la criatura encantadora de siempre, rengueando a veces de su parte dolorida, y poco a poco fue retomando su ritmo habitual.

Regresé a Rosario, luego de mi estancia en Madrid con Carlitos Alberto, mi otro queridísimo hijo, e Ibiza y nos volvimos a encontrar con el amigo en viajes posteriores, hasta que un buen día, Juanjo me propuso: «Papi ¿querés que te lleve al Max a tu casa?»  La verdad es que me dio un vuelco el corazón. Ya estaba solo en calle Gálvez en Rosario, pues mi querida Marietta (como cariñosamente le decíamos a mi esposa María Asunción que partió al cielo un  18 de abril de 2010), en verdad era un inmenso regalo el que me ofrecía mi hijo para, en cierto modo, atenuar mi soledad.

Y hoy, Max vive en Argentina, y sé que es feliz y me hace sentir muy feliz a mí también, y les comento que nos entendemos con sólo mirarnos. A veces le hablo como a un bebé y él gruñe de contento moviendo su cola. Le hago escuchar música clásica o bien le recito poemas que memorizo o le entono motetes gregorianos en latín, y aunque él, que es muy bicho se tapa la cara con las patas, se los hago escuchar bien escuchados…jajaja

Por las tardes, casi siempre, sentado el Ricky en una mecedora junto a la ventana y frente al jardín de casa, mientras medito o recito algunas oraciones, él se acurruca en su colchoneta a mis pies y allí permanece hasta que se me acerca para que le pase la mano por el lomo o le rasque la pancita.

Ciertamente es un animal increíble. Cuando salimos juntos a pasear o a los mandados,  la gente se queda mirándolo y preguntan: ¿ese perro es suyo? ¡Qué hermoso! ¡Qué bonito perro! ¿Cómo se llama? ¿De qué raza es? y el Ricky, orgulloso de su mascota responde que es ibicenco, de altura, de montaña, etc. y a él le gusta que lo acaricien ya que se deja acariciar por chicos y grandes. Me acompaña a todos lados, pues todos los negocios del barrio lo conocen y los vecinos lo adoran. Es feliz cuando le frotan el lomo o cuando se acuesta con las patitas para arriba y le rascan la panza.

MaxLo mantengo con el pelo, que es de color beige, más bien corto, y le sienta muy bien así. La veterinaria que lo viene a buscar todos los fines de mes para bañarlo tiene una muy buena peluquera  que ya sabe cómo me gusta le tenga el pelo de esa forma.

Por otra parte, como para acicalarlo, le coloco en el cuello una cinta argentina, con un discreto moño, pues le digo a la gente que está «nacionalizado argentino» ya que es español, de Ibiza, sí señor, y que tiene pasaporte y todo en regla.

Es común que casi todas las noches duerma conmigo al pie de la cama y es tan educado que suele ser raro que ensucie dentro del departamento (salvo que alguna vez no haya aguantado en la noche y haga sus cosas en un patiecito interno…y ya he tenido la experiencia…entonces, al levantarme, hacer de tripas corazón, usar lavandina y perfumina para eliminar las heces…).

Me ha ocurrido, alguna noche que a mitad de sueño ladra tan fuerte que me despierta, pese a mi severa hipoacusia, entonces enciendo la luz, él se acerca a la cama, me mira y se dirige hacia la puerta el patio-jardín externo como diciéndome: «Ricky…abrime por favor, que me meo y  me cago».  Entonces me tengo que levantar, desactivo la alarma y le abro, él da unas vueltas por el patio, hace sus necesidades, come un poco de césped (su costumbre para purgarse) e ingresa al dormitorio, que es cuando seguimos durmiendo los dos.

Le agrada muchísimo estar acostado en alguno de los sillones dispuestos en el salón o en algún rincón fresco de esa zona. Suele estar habitualmente a mi lado, ya sea en el salón en la computadora o bien en el comedor de diario cuando estoy almorzando, cenando, mirando TV o navegando con mi notebook.

Max, un compañero ideal

Finalmente les digo que Max es un compañero ideal, basta que me mire o me ladre, para hacerse entender, y yo adivino lo que desea. Es muy obediente. Cuando a veces lo llevo suelto por la calle, antes de cruzar de acera, le digo: ¡Espera Max! él permanece quietito en el cordón y cuando terminan de pasar los vehículos (ésta es una zona de mucho movimiento de ómnibus y autos) o el semáforo da vía libre, le vuelvo a decir: ¡AHORA RÁPIDO MAX ARRIBA! y él corre hacia la otra vereda y me espera allí.

Y así transcurren mis días con este amigo fiel. Y cuando uno se encariña con una mascota de tal carácter, no se pueden entender los aberrantes casos de maltratos que se han dado en estos últimos días en nuestro país para con estas criaturas indefensas que suelen brindar tanto cariño y alegría a quienes los tenemos felizmente  a nuestro cuidado…

Max está registrado el 15 de Julio de 2009 como fecha de su nacimiento, es decir, cumplirá 8 años en el mes de julio venidero. Dios quiera pueda disfrutarlo varios años más.

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